DEMÓCRITO

Demócrito nació en Abdera alrededor del 460 de la era antigua. Genio universal, no inferior acaso a Aristóteles, escribió sobre el orden del mundo y el universo, de la naturaleza y de los asuntos del hombre. De la obra de este espíritu investigador dotado de gran capacidad sólo quedan algunos fragmentos. Se le considera un materialista teórico, pero en el orden práctico resulta uno de los mayores idealistas de todos los tiempos. Este hombre, a quien llamaban el filósofo risueño, murió a los 90 años (Hirschberger, 1997: 63 y ss.).

Sobre el extraordinario espíritu universal y científico de Demócrito, Jaeger sostiene:

A un Teodoro o un Teeteto les habría parecido una idea realmente extraña la de combinar en un sistema científico universal su matemática y las investigaciones sobre la cultura o la arqueología griega que hacían algunos sofistas. También andaban por su lado los médicos. Demócrito y tras él Eudoxo, anticipación hasta cierto punto del tipo representado por Aristóteles, son fenómenos anormales (1984: 28).

Los fragmentos de Demócrito son tan claros, sencillos y contundentes, que da temor interpretarlos por miedo a estropearlos. Lo que se conserva de este presocrático resulta un verdadero diccionario enciclopédico de la prudencia griega. En su pensamiento encontramos un sinfín de elementos que por asentimiento o contraposición configuran la prudencia aristotélica. Por un lado podemos encontrar conceptos como azar, necesidad, desmesura, pasión, injusticia y error, etcétera, y por el otro, razón, inteligencia, sabiduría, felicidad, bien, rectitud, deliberación, moderación, oportunidad y prudencia.[1] Sobre el pensamiento ético de Demócrito, Snell comenta:

Los tan celebrados principios éticos de Demócrito tratan de psicología moral, un campo en el que tiene muchas y sutiles cosas que decir: sobre las convicciones y la buena voluntad (62, 89, 79, 257), sobre la conciencia (297), la vergüenza (84, 244, 354), el arrepentimiento (43) y el deber (256). Pero nunca intenta definir el bien como un fin… dirige siempre su mirada de psicólogo hacia las sensaciones morales positivas o negativas y reduce así la complejidad de la ética a una esfera accesible al pensamiento científico (2007: 391).

Además, haciendo una revisión minuciosa de los fragmentos, se puede percibir que no sólo fue una influencia para la teoría aristotélica de la prudencia, es decir, no sólo dejó huellas, rastros, o aportaciones, sino que es —o aparenta ser— una fuente directa, quizá la más directa de todas las que hasta ahora se han analizado. Martha C. Nussbaum nos da una pista que bien puede servir para respaldar el asunto en cuestión:

Muy probablemente, Platón no conoció nada parecido a la Ética nicomaquea de Aristóteles, esto es, un obra en prosa elaborada para plantear y dar respuesta a cuestiones fundamentales sobre la virtud y la buena vida. Desde luego, la información histórica y textual de que disponemos es incompleta y, por consiguiente, debemos ser cautos; por ejemplo, desconocemos los escritos éticos de Demócrito (1995: 180).

Para contrastar esta afirmación confrontaremos las ideas de estos pensadores: Demócrito señala que «tres son las consecuencias de ser sabio: deliberar bien, hablar sin error y obrar como se debe» (dk 68 b 2). Por su parte, Aristóteles señala que «el buen deliberador, en general, es el que alcanza, siguiendo razonamiento, la mejor de las cosas alcanzables por el hombre mediante la acción» (1985: vi, 8, 1141b). El nacido en Abdera señala que «hay que preocuparse por lograr una gran inteligencia y no una múltiple erudición» (dk 68 b 65), mientras que el Estagirita afirma «aplicamos a las mismas personas la comprensión, la inteligencia, la prudencia y el entendimiento» (1985: vi, 11, 1143a). El filósofo atomista aconseja que «deliberar antes de actuar es mejor que arrepentirse después» (dk 68 b 66), y el nacido en Macedonia asegura que «el haber deliberado bien es propio de los hombres prudentes y la buena deliberación sería la rectitud relativa a lo que conviene con vistas a un fin, cuya verdadera concepción es la prudencia» (1985: vi, 9, 1142b). El filósofo presocrático sabe que «es difícil pelear contra la pasión, pero el hombre que la domina razona como es debido» (dk 68 b 236), mientras el Estagirita asevera «el hombre prudente no puede ser incontinente» (1985: vii, 1, 1145b).

Respecto la relación entre ambos filósofos, Jaeger manifiesta el aspecto filosófico en el que —según él— Demócrito incide sobre el Estagirita:

La objetividad de Aristóteles es algo primario. Expresa una gran serenidad frente a la vida y el mundo, que en vano buscamos en Ática desde Solón hasta Epicuro. Se encuentra más bien en Hecateo, Heródoto, Anaxágoras, Eudoxo y Demócrito, por mucho que estos hombres difieren unos de otros. Hay en ellos algo peculiar contemplativo y no-trágico (1984: 462-463).

En este ambiente acogedor y apropiado para la prudencia, traemos una hermosa cita que resulta un himno a la prudencia, una escala de valores a la que el hombre prudente se debe someter.

Se debe dar más importancia a los asuntos de la ciudad que a los demás, a fin de que ella esté bien gobernada, sin luchar contra lo equitativo ni violentando el bien común. Una ciudad bien gobernada es la mayor prosperidad, y contiene todo en sí misma: cuando ella se salva, todo se salva; cuando ella se corrompe, todo se corrompe (dk 68 b 252).

Concluímos el análisis del filósofo risueño con un comentario de Bruno Snell, que sirve para ampliar la visión que se ha expuesto en torno al pensamiento ético de nuestro presocrático:

Pero Demócrito tampoco se queda en la simple sensación. Mientras que Heráclito veía en los grandes contrastes la esencia misma de la vida, Demócrito, en clara polémica con Heráclito afirma (B 191); «Los hombres consiguen la serenidad del ánimo con la moderación del placer y una vida con mesura. La penuria y la abundancia cambian súbitamente y producen en el alma grandes conmociones. Pero el alma que se mueve de un extremo a otro no es estable ni serena» (2007: 390)

Así, Demócrito busca la felicidad en el equilibrio de los polos, pero los fenómenos psíquicos aparecen como movimientos medibles; interpreta la vida psíquica según el modelo de la física en sentido más estricto que Heráclito o Platón cuando hablan de «movimiento» del alma y de la «mesura» de la vida (p. 390).

Tal vez incluso por encima de sus numerosos fragmentos sobre la excelencia del buen ánimo y de la vida moderada, valga la pena aludir a la vida del propio Demócrito, porque en ella encontramos rasgos de una forma de vivir inteligente y prudente, como la hubiera deseado Aristóteles. Diógenes Laercio nos dice que renunció a las riquezas y llevó una vida pobre y silenciosa, pues despreciaba la fama, hasta el punto de que fue a Atenas y no hizo esfuerzo alguno por ser conocido. Y elogia su bello estilo y su hablar festivo. Acerca de su muerte nos dice:

Cuenta Hermipo que murió Demócrito, del modo siguiente: siendo ya muy anciano y próximo a la muerte, su hermana estaba afligida porque moriría durante la fiesta de las Tesmoforias y ella no podría, entonces, cumplir con su deber para con la diosa. Demócrito le pidió tranquilidad y le ordenó que le llevara diariamente algunos panes calientes; limitándose Demócrito a acercarlos a su nariz, logró de ese modo sostenerse durante la fiesta; cuando ésta concluyó, al cabo de tres días, abandonó la vida sin dolor alguno, como dice Hermipo, a la edad de ciento nueve años (2007: ix, 43).

Este hermoso relato nos presenta un rasgo destacado de su sentido festivo de la vida. Quien fue capaz de vivir hasta que acabó la fiesta, es indudable que sentía una unión íntima entre la fiesta y la vida, que tenía un sentido festivo de la existencia, de manera que la vida vale la pena mientras dura la fiesta, cuyo fin es también el de la vida.

Diógenes Laercio consigna que Estobeo aseguraba que «Demócrito solía reír» y que Juvenal decía que «una continua risa solía agitar el pecho de Demócrito»; sin embargo, el testimonio más importante ahí registrado, es el de Hipólito, quien dice: «de todo reía Demócrito, pues consideraba risible cuanto atañe a los hombres» (dk 68 a 2). Este último texto demuestra la unión de la filosofía y el humor en un filósofo que entendió que no es propio de la filosofía considerar como definitivo y absoluto ningún asunto humano, pues la filosofía es la conciencia de la finitud e imperfección de todo lo humano, que no puede ser elevado a la categoría de perfecto y grave, sino que merece siempre una sana y saludable sonrisa.

En Demócrito se halla, por tanto, la fuente más próxima a la concepción ética de Aristóteles, quien considera la prudencia como el saber de las cosas humanas, el reconocimiento de la finitud y la fragilidad del bien del hombre, al que sólo cabe una recta elección del bien posible, renunciando a la inacción tanto como a la vana persecución del bien platónico inalcanzable.

 

*Artículo tomado de mi libro: La Phrónesis en la Política. Orígenes del concepto aristotélico de prudencia.

Bibliografía:

  • Aristóteles (1984) La Constitución de los atenienses. Introducción, traducción y notas por Manuela García Valdés. Madrid: Gredos.
  • Aristóteles (1985) Ética a Nicómaco. Traducción de J. Pallí Bonet. Madrid: Gredos.
  • Diógenes Laercio (2007) Vida de los hombres ilustres. Traducción, introducción y notas por Carlos Garcia Gual. Madrid: Alianza editorial.
  • Hirschberger, Johannes (1997) Historia de la filosofía. Tomo I. Barcelona: Editorial Herder.
  • Jaeger, Werner (1984) Aristóteles bases para la historia del desarrollo intelectual. México: fce.
  • Nussbaum, Martha C. (1995) La fragilidad del bien. Fortuna y ética en la tragedia y filosofía griega. Madrid: Editorial Visor.
  • Snell, Bruno (2007) El descubrimiento del espíritu: estudio sobre la génesis del pensamiento. Barcelona: Acantilado.

[1] Basta para demostración de ésta afirmación los siguientes fragmentos: «Nada se produce porque sí, sino que todo surge por una razón y por necesidad» (DK 68 B 2); «Bello es impedir que alguien cometa injusticias; y si ello no es posible, al menos no hacerse cómplice» (B 38); «Se debe ser bueno, o bien imitar al que lo es» (B 39); «Ni el cuerpo ni las riquezas procuran felicidad a los hombres sino la rectitud y la prudencia» (B 40); «Prudente es respetar a la ley, a quien gobierna y al más sabio» (B 47); «A menudo la palabra tiene mayor poder de persuasión que el oro» (B 51); «Mejor es advertir los propios errores que censurar los ajenos» (B 60); «Debe vigilarse al hombre vil para que no aproveche la oportunidad» (B 87); «Todos los males que podrían imaginarse derivan de la ira desmesurada» (B 143); «La prudencia del padre es el mejor ejemplo para el hijo» (B 208); «El azar provee una mesa suntuosa; la prudencia, una moderada» (B 210), y «La prudencia aumenta el deleite y hace mayor el placer» (B 211).