EMPÉDOCLES

Empédocles nació en Agrigento, ubicada en las costas de Sicilia, entre los años 492 y 432, por lo que se cree que vivió sesenta años; fue político y filósofo. Según algunas fuentes fue alumno de Parménides y maestro de Gorgias. Se señalan dos características peculiares de este filósofo siciliano. En primer lugar, que vivió el apogeo del racionalismo, la ilustración y el escepticismo griego, por otra parte, que era un hombre envuelto por leyendas en una especie de penumbras de sabiduría hierática oriental (Guthrie, 1986: 140 y ss.).

Bruno Snell señala las influencias de este filósofo y el impacto que ejerció sobre el pensamiento universal:

Entre los filósofos presocráticos, Empédocles es el que de una manera más evidente se acerca a Homero en sus comparaciones y, puesto que además sus comparaciones preludian los métodos usados más tarde por las ciencias naturales, es en ellas donde mejor se puede observar el paso de la poesía a la filosofía (2007: 356).[1]

Sobre el espejismo que generan los sentidos y la forma de hacer un mejor uso de los mismos, el de Agrigiento aconseja:

observa con toda tu destreza de qué modo cada cosa se hace patente y al poseer una visión no confíes en ella más que en el oído, ni en el oído resonante más que en las revelaciones de la lengua, y de ninguno de tus otros órganos, en cuanto que son una vía para inteligir, alejes tu confianza, sino que intelige cada cosa por él medio en que se haga patente (dk 31 b 3).

Empédocles sabe que el hombre está condenado a ver el mundo a través de sus ojos, sólo con sus ojos, ya que no ha nacido el que sea capaz de ver con otra perspectiva que no sea la suya. El hombre está condenado a ver con la mirada enturbiada por el destino y la necesidad; por eso, aconseja mediar, buscar el punto medio entre lo que se ve, se siente y se piensa, porque todos los sentidos están corrompidos por la existencia y la subjetividad de cada ser. Es una invitación a ver más allá, a través del punto medio. Al respecto Bruno Snell nos dice:

También él parte de la idea fundamental de que la percepción de los sentidos humanos es imperfecta (fr. 2): los órganos sensoriales son demasiado limitados, reciben una gran cantidad de percepciones deplorables que embotan el pensamiento, el hombre percibe pocas cosas en su vida, muere pronto y sólo tiene certeza de lo poco con que topa por azar. ¿Quién puede afirmar que lo ha encontrado todo? El todo no es visible ni audible ni perceptible por el entendimiento (nóos) (2007: 248).

El nacido en Agrigento corrobora su condición de phrónimos afirmando que «lo que es necesario, es bueno decirlo aún dos veces» (dk 31 b 25). Esta afirmación lo conecta con el pensamiento de Solón, que señala: «no aconsejes lo más agradable sino lo más provechoso» (Diógenes Laercio, 2007: i, 60). Solón considera que se debe aconsejar lo mejor a los amigos y a la pólis, Empédocles que incluso hay que decirlo dos veces o las que sean necesarias. 

El presocrático en cuestión sabe que en este mundo hay muchos, incluso la mayoría que «sólo ven una pequeña parte del todo» (dk 31 b 39), que viven lo inmediato, que no deliberan, que se dejan llevar por sus sentidos y por su limitada forma de ver el mundo. El phrónimos no puede ni debe observar sólo una parte del todo, necesita tener la mirada amplia, necesita ver con el «ojo de alma» (Aristóteles, 1985: vi, 13, 1144a). Empédocles lo sabe y por eso afirma: «mas yo, volviendo sobre mis pasos, transitaré el camino» (dk 31 b 35). El presocrático reconoce que en la vida hay que regresar una y otra vez, recorrer al camino lleno de obstáculos y espejismos, aprender de los errores y enmendarlos en el andar, porque como dice Aristóteles «el hombre prudente ve correctamente por medio del ojo de la experiencia» (1985: vi, 12, 1143b). Y la experiencia se acumula con los años, transitando el camino y regresando sobre nuestros pasos, siempre sobre nuestros pasos. Y, tal vez, una vida tras otra hasta alcanzar la inmortalidad, que él ya atisbó cuando escribe Purificaciones.

Empédocles enriquece el caudal de la prudencia aconsejando que «haciendo que un extremo se toque con el otro no se debe proseguir sólo uno de los senderos de mis relatos» (dk 31 b 24). Se reconoce mortal y sabe que puede caer en el error, también sabe que lo mejor no habita en los extremos, ni en los excesos, por eso aconseja alejarse de ellos y buscar una medianía para encontrar lo mejor. Aristóteles en su Ética a Nicómaco retoma la idea afirmando que:

Es necesario observar a qué somos más fáciles de ser arrastrados, pues cada uno lo somos por naturaleza a una cosa; y eso será reconocible a partir del placer y el dolor que nos producen. Es necesario arrastrarnos hacia el extremo contrario, pues si nos alejamos mucho del error llegaremos al término medio» (1985: ii, 9, 1109b).

Para afianzar la reflexión en torno a este presocrático, tenemos las atinadas palabras de Jaeger:

Empédocles de Agrigento es un centauro filosófico. En su alma dual conviven en rara unión la física elemental jónica y la religión de salvación órfica. Conduce al hombre, esta criatura irredenta, juguete del eterno devenir y perecer físicos, por vía mística a través del camino desdichado que atraviesa el círculo de los elementos a que se halla vinculado por el destino, a la existencia pura, originaria y divina del alma (1974: 270). 

Este centauro filosófico es mitad jónico, mitad itálico. En su poema Sobre la naturaleza enuncia por primera vez la teoría de los cuatro elementos, las cuatro raíces que conforman todas las cosas, unidos por la fuerza de la amistad y rotos por el ímpetu de la discordia. Es un poema materialista en el que el alma se halla en la sangre, sede del pensamiento y mezcla armónica de las cuatro raíces. Pero, en Purificaciones, encontramos la más alta expresión del pitagorismo y su doctrina de la rueda de las reencarnaciones, con una visión mística del alma, que dejará una profunda huella en Platón. Sin embargo, más allá de esta aparente doble cara, Empédocles proclama la necesidad del conocimiento racional para liberarse de la rueda de las reencarnaciones. Y considera que la filosofía —entendida como la mirada inteligente y reflexiva sobre la vida humana— es «la palabra que cura toda enfermedad» (dk 31 b 112). Una palabra que sabiamente escuchada nos hace comprender la fugacidad de la vida y la necesidad de vivir cultivando la excelencia y la virtud para purificarla de la condena a la oscuridad de las cavernas. Toda una propuesta ética que Aristóteles recogerá como programa de la vida inteligente guiada por el saber prudencial.

 

*Artículo tomado de mi libro: La Phrónesis en la Política. Orígenes del concepto aristotélico de prudencia.

Bibliografía:

  • Aristóteles (1985) Ética a Nicómaco. Traducción de J. Pallí Bonet. Madrid: Gredos.
  • Diógenes Laercio (2007) Vida de los hombres ilustres. Traducción, introducción y notas por Carlos Garcia Gual. Madrid: Alianza editorial.
  • Guthrie, William (1986) Historia de la filosofía griega, II. Madrid: Editorial Gredos.
  • Jaeger (1974) Paideia: los ideales de la cultura griega. México:: fce.
  • Snell, Bruno (2007) El descubrimiento del espíritu: estudio sobre la génesis del pensamiento. Barcelona: Acantilado.

[1] Respecto a las aportaciones de Empédocles al método científico, veánse en el mismo libro de Schnell las páginas 356-368.