GORGIAS

Gorgias fue contemporáneo de Protágoras. Nació en Leontini, en la isla de Sicilia, entre 484-483, escribió sobre filosofía, pero se dedicó sobre todo a la retórica, que enseñó en Sicilia, después en Atenas y luego en otras ciudades helenas, en sus últimos años se estableció en Larisa de Tesalia, donde murió a los 109 años (Abbagnano, 1978: 51 y ss.).

Creador de la retórica en la forma que había de dar la pauta a los últimos decenios del siglo V, es para Platón la personificación de este arte, como Protágoras lo es de la sofística. Gorgias no pronuncia —como Protágoras— una larga conferencia acerca de su arte y de su necesidad social, ya que este tema no ofrece margen para tantas consideraciones teóricas como el otro. No se siente capaz de definir su retórica más que por medio de sus efectos. Considera prueba de la grandeza de su arte el hecho de elevar la fuerza de la simple palabra a instancia decisiva en el más importante campo de la vida, en la política. La retórica confiere poder al que la domina. En los debates librados en la asamblea del pueblo, o en otra asamblea cualquiera de masas, para dirigir determinada función, no será el experto quien se imponga, sino el retórico. Sócrates pretende señalar el peligro de que se abuse del arte de la oratoria, pero Gorgias, como maestro de retórica, le sale al paso con la afirmación de que el hecho de semejante abuso, aun siendo posible, no obligaría a repudiar el recurso de que se abusa. No hay ningún medio destinado a la lucha que no se halle expuesto a los mismos abusos (Jaeger, 1974: 512-513).

En su discurso Epitáfios lógos u «Oración fúnebre», pronunciado en honor a los atenienses caídos por su patria, se percibe claramente una serie de valores aceptados y estimados por los griegos; valores que, al configurar un discurso público, es decir, apto para el démos, nos da la pauta para suponer que dichos elementos eran entendidos, respetados y admirados por cualquier griego:

Y especialmente practicaron dos de las virtudes que es preciso tener, la prudencia y la fuerza, deliberando según la primera y actuando con la segunda, para ayudar a los que injustamente padecen desgracias y castigar a los que contra toda justicia son afortunados; arrogantes respecto a lo útil, apasionados en la virtud, dulcificando con la sensatez de la prudencia a la insensatez de la fuerza (Gorgias, 1966: 78).

La prudencia se encuentra presente en cada línea del fragmento, resulta evidente su presencia en el pensamiento sofista y en el mundo griego. Es innegable su rol articulador en el discurso de Gorgias y cómo sus elementos sirven para ensalzar el comportamiento heroico del hombre, del griego, del ático. Según el sofista, que a través de su discurso educa al pueblo, la prudencia delibera dándole sensatez a la acción y a la fuerza. La prudencia es —según el discurso de Gorgias— una virtud para el hombre y un bien para la ciudad.

En otro de sus discursos La defensa de Palamades el nacido en Leontini, nos obsequia la siguiente reflexión:

Quisiera preguntarte si consideras a los hombres sabios insensatos o prudentes. Si insensatos, nueva es la teoría, pero errónea. Si prudentes, en modo alguno es propio de quienes lo son cometer los mayores errores, y preferir el mal teniendo el bien a su alcance (Gorgias, 1966: 99-100).

La prudencia sigue presente en las tribunas, se hace escuchar por la muchedumbre, educa de la mano de estos maestros, se coloca como estandarte del bien supremo para la ciudad, como el mejor bien que puede poseer el hombre, como axioma de la excelencia, como principio de la nueva areté. La prudencia acompaña al hombre bueno y útil para la ciudad y lo aleja de la horrible insensatez, del error, del mal. Así lo expone en medio de ovaciones el maestro de la palabra.

En su famoso discurso Elogio de Helena el sofista nos regala la siguiente armonía melódica:

Perfección para la ciudad es el valor de sus habitantes, para un cuerpo la belleza, para un alma la sabiduría, para la acción la virtud, para un pensamiento la verdad. Las cualidades contrarias a éstas implican imperfección (Gorgias, 1966: 84).

En estas bellas palabras se sintetiza el ideal griego que erige el monumento más hermoso a la armonía, a la medida, al equilibrio; nada está exento de este ideal, nada se puede alejar de esta elocuencia existencial. La ciudad necesita hombres valientes que la defiendan frente al enemigo, al alma hay que alimentarla con la sabiduría, y en la acción, el hombre debe ejercitar la virtud. Nada aleja al heleno de este ideal que ronda en las plazas públicas y que advierte una y otra vez que lo contrario es la indeseable imperfección. La prudencia sintetiza ese ideal, ese deber ser, el elemento que engrandece a los griegos a través de los siglos.

En otro de sus discursos que lleva por nombre Oración Olímpica, Gorgias señala «Nuestra lucha exige dos virtudes, el coraje y la sabiduría: al primero corresponde la fortaleza para resistir el peligro; a la segunda, la capacidad para conocerlo (Llanos, 1989: 327). Palabras en las que encontramos al kairós arropado de sabiduría. Gorgias sabe que Zeus no ganó sus batallas sólo con coraje y fortaleza, pues en ese terreno el ejercido Cronos y la potencia de Tifón lo superaban, así el olímpico hechó mano de la métis y del kairós, para aliarse con Prometeo y juntos doblegar al enemigo. Por eso, el sofista aconseja que para luchar no basta con el coraje y la fuerza, sino que además se debe recurrir a la virtud que nos permite reconocer el peligro, conocerlo de antemano, para luego doblar, anudar y someter al enemigo.

Las palabras de Gorgias están colmadas de prudencia, de conocimiento práctico, de educación útil para la ciudad; por eso, se decía que «nadie jamás podrá superar en audacia a Gorgias, que se atrevió a sostener que nada existe», así coronan al maestro de la palabra oportuna. Por su parte el Estagirita dirige el siguiente halago a Gorgias:

Los que hablan en términos universales se engañan a sí mismos al afirmar que la virtud es un hábito bueno del alma o el obrar rectamente o alguna otra definición igualmente con pretensión de valor universal. En efecto tienen mucha más razón aquellos que hacen una enumeración de las virtudes, como Gorgias, que los que la definen en sentido universal (Aristóteles, 1988: i, 13, 1260a 27).

La prudencia aristotélica sigue esa senda del conocimiento que carece de universalidad y necesita deliberar sobre el bien particular y oportuno en cada momento. Aristóteles retoma ese espíritu gorgiano en su ética y, en especial, en su teoría de la medida y la prudencia. Pues como sabemos, la prudencia se aleja de lo universal, de lo absoluto, de lo divino, de lo que no pueden ser de otra manera, para bajar a la tierra y darle a cada cosa su justa medida, para analizar las circunstancias y después deliberar correctamente. La prudencia huye de lo universal para evitar el error; para la prudencia no existe el valor universal, pues cambia en cada circunstancia, por lo tanto, tampoco existe la virtud universal porque su valor está inmerso en cada circunstancia. De nada sirve la nave si no hay puerto. Gorgias se une y confluye con Aristóteles en la certeza de que el hombre prudente tiene la capacidad de ver en cada cosa y en cada circunstancia lo mejor para el hombre.

Sobre la relación entre el Estagirita y Gorgias, Detienne nos comenta:

A los testimonios de Gorgias y de Platón viene a añadirse el de Aristóteles: en su pensamiento, la dóxa es alethés y psuedés, es «el único modo de aproximación auténtica a las cosas que nacen y perecen». La dóxa es la forma de conocimiento que vincula el mundo del cambio, del movimiento, al mundo de la ambigüedad, de la contingencia. «Saber inexacto, pero saber inexacto de lo inexacto». El acuerdo de estos tres testigos, tan a menudo opuestos en otros puntos, parece indicar que las afinidades de la dóxa con el mundo de la ambigüedad no son fortuitas (1983: 118-119).

Perfección para la ciudad es el valor de sus habitantes, para un cuerpo la belleza, para un alma la sabiduría, para la acción la virtud, para un pensamiento la verdad. Las cualidades contrarias a éstas implican imperfección (Gorgias, 1966: 84).

 

*Artículo tomado de mi libro: La Phrónesis en la Política. Orígenes del concepto aristotélico de prudencia.

 

Bibliografía:

  • Abbagnano, Nicola (1978) Historia de la filosofía. Tomo I. Barcelona: Montaner y Simón.
  • Aristóteles (1988) Política. Introducción, traducción y notas por Manuela Garcia Valdés. Madrid: Gredos.
  • Detienne, Marcel (1983) Los maestros de la verdad en la Grecia arcaica. Madrid: Taurus Ediciones.
  • Gorgias (1966) Fragmentos y testimonios. Buenos Aires: Editorial Aguilar.
  • Jaeger (1974) Paideia: los ideales de la cultura griega. México:: fce.