HERÁCLITO

Heráclito nació en Éfeso entre el 504-501 a.C. Era más joven que Pitágoras y que Jenófanes, de quien algunos dicen recibió algunas influencias. Amigo de la soledad y enemigo de la multitud, Heráclito parece querer expresar su pensamiento sólo a unos pocos. Su estilo de pensar es el de un oráculo por lo que recibió el sobrenombre de «el Oscuro» (Ferrater Mora, 1975: 831). Por otro lado, las fuentes coinciden casi en su totalidad en que Heráclito no fue discípulo de ningún maestro, sino sólo de sí. Quizá por eso, «se halla en lo más alto del desarrollo de la libertad del pensamiento entre los jonios» (Jaeger, 1974: 176), y quizá debido a esto, es por lo que, tomándole la palabra a Tales, afirma: «me investigué a mí mismo» (dk 22 b 101).

Enigmático, corrosivo, vigoroso, versátil como la realidad misma que quiso interpretar, Heráclito aparece sorpresivamente en todos los recodos de la filosofía. Sabe perfectamente que sólo la fatiga puede provocar las delicias del descanso, sólo el hambre las satisfacciones de la hartura, sólo la enfermedad la alegría de la salud. Tal es la ley del mundo que encadena estrecha y necesariamente las contradicciones nacidas las unas de las otras (Llanos, 1989: 132). Por eso cuando se lee a Heráclito se tiene la sensación de que algo pasó, que hay un salto gigante hacia algún lugar desconocido con puertas selladas. Sólo hay pequeñas grietas hacia el mundo de este oscuro «cíclope del pensamiento» (idem), a quien Alegre Gorri señala como el primer filósofo occidental (1997: 47). En el Tártaro heracliteano hay pocas marcas superficiales para los que dormimos, pocos rastros obvios de la prudencia, pero aun así se puede olfatear que por ahí deambuló.[1]

Heráclito alimenta la hoguera de la prudencia diciendo que «la desmesura debe ser apagada más que un incendio» (dk 22 b 43), pues no hay nada más alejado de la prudencia que la desmesura, que la falta de medida, que la ausencia de templanza. El hombre desmesurado es un peligro para los otros y más si tiene riqueza y poder; por eso, su mal debe ser apagado para que no incendie la pólis entera.

El Oscuro deja fluir el conocimiento ancestral advirtiendo que «el camino hacia arriba y hacia abajo es uno y el mismo» (dk 22 b 60). Este fragmento y el anterior tienen el toque de Heráclito, esa peculiar profundidad que busca en lo común, esa sorprendente simplicidad en la que se manifiesta que Heráclito sabía que la sencillez es hija de la claridad. El Oscuro dice que el camino hacia arriba y hacia abajo es el mismo, y tiene razón; él sabe que el hombre está expuesto a la fortuna y al azar, que en el mundo contingente todo puede caer porque nada es estable: todo sube y baja. El phrónimos lo debe saber, debe de estar preparado para la tempestad, para asumir el dolor, para soportarlo y después intentar salir, porque, como dice Aristóteles, «el hombre prudente busca la carencia de dolor» (1985: vii, 12, 1153a) y éste puede aligerarse un poco, si se está consciente del poder de la fortuna.

Sobre uno de los aspectos del pensamiento heracliteano que influyen sobre la filosofía del Estagirita, Martha C. Nussbaum nos comenta lo siguiente:

Como en el texto de Heráclito citado al comienzo de esta parte III [DK 22 B 2: «Aunque el discurso es común, la mayoría vive como si poseyera un saber particular»], Aristóteles piensa que, atrapados en el hedonismo, el materialismo, el mecanicismo u otras simplificaciones, la mayoría nos hemos vuelto extraños a algún aspecto de la vida que vivimos y el lenguaje que empleamos. Necesitamos la filosofía para que nos muestre el camino de retorno a lo ordinario y lo torne interesante y placentero, en lugar de convertirlo en algo indigno y de lo que conviene huir (1995: 338).

Heráclito vuelve a lo común para recuperar al hombre reflexivo, racional, que sabe hablar y escuchar como un ser despierto, señalando que «un hombre estúpido suele excitarse con cualquier palabra» (dk 22 b 87). Con ello, el filósofo de Éfeso nos recuerda que los hombres intemperantes e incontinentes son estúpidos e impulsivos, lo contrario de prudentes, por eso se excitan con cualquier palabra, porque no la dominan, porque están privados del lógos.

Buscador incansable del río por el que fluye la naturaleza divina que lo sabe de todo, Heráclito, desde esa búsqueda, admite que «para los hombres no sería mejor que sucedieran cuantas cosas quieren» (dk 22 b 110). Esta afirmación toma sentido cuando nos asumimos mortales, finitos y titánicos, es decir, no todos los hombres desean el bien, no todos anhelan riqueza y salud, también hay muchos que desean dañar, sembrar odio y generar muerte.

Además, estamos habitados por demonios que nos doblegan y nos desbordan cuando la fortuna nos agasaja en exceso, cuando el azar nos hace olvidar que somos simples mortales. La exaltación de estos demonios seculares puede borrar la templanza, la moderación y la armonía del corazón del hombre. Por eso, el phrónimos sabe que lo mejor para los hombres es que no tengan todo lo que desean, porque, como dice Aristóteles, «todo experto rehúye el exceso y el defecto y en cambio busca el término medio y lo elige» (1985: ii, 6, 1106b).

Heráclito busca una y otra vez en el hombre, en sus adentros, en las grutas inaccesibles del alma. El Oscuro busca entre las entrañas del hombre la regla que mueve al mundo y que, por tanto, lo domina todo, incluso a él, y en ese buscar y no encontrar señala que «‹el carácter es para el hombre su demonio› (dk 22 b 119). Así Heráclito enriquece al caudal de la prudencia, buscando en el hombre y sus pasiones, en el hombre y sus límites, porque «en Heráclito el corazón humano constituye el centro sentimental y apasionado en que convergen los radios de todas las fuerzas de la naturaleza» (Jaeger, 1974: 176).

Heráclito es mucho más que un contemplador de la physis, que un físico o un fisiólogo, como los denominó Aristóteles. Es ante todo un filósofo del alma, de la interioridad, cuyo lógos es insondable e ilimitado y nunca se alcanzarán sus límites. Mientras el sol, el astro rey que ilumina la naturaleza, puede taparse con un solo pie, pues «el sol tiene la anchura de un pie humano» (dk 22 b 3), él mismo nos advierte que «nunca encontrarás los límites del alma caminando con los pies, tan insondable es su lógos» (dk 22 b 45).

Así que es necesario investigarse a sí mismo, intentar conocerse y dedicar el esfuerzo de la vida entera a ello, pues esa interioridad, sede de la vida inteligente y prudente, es la mayor riqueza escondida que, como el oro, se encuentra con mucha dificultad después de haber excavado y sacado mucha tierra. La tarea de la filosofía es una búsqueda interminable de ese principio racional, no ya de la naturaleza, sino de la vida humana en la pólis, que es el fin del filosofar de Heráclito.

 

*Artículo tomado de mi libro: La Phrónesis en la Política. Orígenes del concepto aristotélico de prudencia.

Bibliografía:

  • Alegre Gorri, Antonio (1997) «Los filósofos presocráticos». En Carlos García Gual, coordinador. Historia de la Filosofía antigua. Madrid: Editorial Trota.
  • Aristóteles (1985) Ética a Nicómaco. Traducción de J. Pallí Bonet. Madrid: Gredos.
  • Ferrater Mora, José (1975) Diccionario de filosofía. Tomo I. Buenos Aires: Sudamericana.
  • Jaeger (1974) Paideia: los ideales de la cultura griega. México:: fce.
  • Llanos, Alfredo (1989) Los presocráticos y sus fragmentos. Buenos Aires: Editorial Rescate.
  • Nussbaum, Martha C. (1995) La fragilidad del bien. Fortuna y ética en la tragedia y filosofía griega. Madrid: Editorial Visor.

 


[1] Se considera que algunos fragmentos de Heráclito tienen relación con el ambiente prudencial de la Grecia arcaica y que en los mismos se puede olfatear la influencia de los siete sabios: «Los que buscan oro excavan mucha tierra y encuentran poco» (DK 22 B 22); «La armonía invisible vale más que la visible» (B 54); «No se debe hacer ni decir como los que duermen» (B 73); «Los que duermen son hacedores y colaboradores de lo que sucede en el mundo» (B 75); «El hombre puede ser llamado niño frente a la divinidad, tal como el niño frente al hombre»(B 79); «El sol no traspasará sus medidas; si no las Erinias, asistentes de Dike, lo descubrirán»(B 94); «La ignorancia es mejor disimularla» (B 95), y «Cuando el hombre se embriaga, se tambalea y es conducido por un niño impúber, sin atender por dónde va, al tener su alma húmeda» (B 114).