LOS SOFISTAS

Tras la victoria de Maratón (490 a.C.) Atenas vive su momento más brillante, se convierte en el eje de todo el mundo griego. A ella acuden sabios, artistas, médicos y científicos de todas las regiones. Al frente de la ciudad dirige los asuntos públicos el gran Pericles que hace de ella una hermosa metrópolis: la ciudad más bella y mejor fortificada de la Hélade (Blanco, 2003: 11).

Así la Atenas del siglo V es el punto de partida histórico necesario del gran movimiento educador que da el sello a este siglo y al siguiente y en el cual tiene su origen la idea occidental de cultura. El nacimiento de la paideia griega es el ejemplo y el modelo para este axioma capital de toda educación humana. Su finalidad era la superación de los privilegios de la antigua educación para la cual la areté sólo era accesible a los que poseían sangre divina. La areté política no podía ni debía depender de la sangre noble si la admisión de la masa en el Estado, que parecía ya ser incontenible, no había de ser considerada como un falso camino (Jaeger, 1974: 264).

En este escenario y cobijados por Pericles aparecen los sofistas para satisfacer la urgente necesidad de educación que requería el pueblo ático sediento de saber y urgido de participar en la vida pública de la pólis. La perenne puerta de la libertad política e intelectual la abrió Solón y nunca más se pudo cerrar, así lo entendieron y lo asumieron Pisístrato, Clístenes y Pericles, que realizaron los programas educativos que necesitaba el Estado y la democracia ateniense para engrandecerse y consolidarse. El espíritu ático había llegado para quedarse, para perpetuarse, para inmortalizarse.

Los sofistas se dirigían ante todo a la élite. A ellos iban quienes querían formarse para la política y convertirse un día en líderes del Estado. Estos hombres no debían limitarse a cumplir las leyes, sino crearlas, y para ello era indispensable, además de la experiencia que se adquiere en la práctica de la vida política, una intelección universal sobre la esencia de las cosas humanas. Verdad es que las cualidades capitales de un hombre de Estado no pueden ser adquiridas. El tacto, la presencia del espíritu y la previsión son innatas. Pero las dotes para pronunciar discursos convincentes y oportunos pueden ser desarrolladas. La facultad oratoria reside ante todo en la aptitud juiciosa de pronunciar palabras decisivas y bien fundamentadas, de ahí que toda la educación política de los gobernantes debía de estar fundamentada en la elocuencia. Por eso, desde el punto de vista histórico la sofística constituye un fenómeno tan importante como Sócrates o Platón. Es más, no es posible concebir a éstos sin aquélla. El empeño de enseñar la areté política es la expresión inmediata del cambio fundamental que se realiza en la esencia del Estado (pp. 266-267).

Estos hombres cultos y educados que abrieron las aulas de su conocimiento para preparar al mundo heleno son un escalón más del intelecto griego, son el siguiente nivel del recorrido que aquí nos hemos propuesto con los artículos escritos hasta ahora, pues así como no se entiende a Aristóteles sin las aportaciones de los sofistas, no se entiende a éstos sin el cúmulo de conocimientos que flotaba en el aire.

Al respecto Marcel Detienne nos comenta:

Los primeros sofistas, aquellos que precedieron a la brillante generación del siglo V, se afirman como especialistas de la acción política: son hombres que poseen una suerte de sabiduría próxima a los siete sabios, «una habilidad política y una inteligencia práctica…» El sofista es, pues, un tipo de hombre muy próximo al «político», cercano al que los griegos llaman el «prudente» (phrónesis): tiene en común un mismo campo de acción y una misma forma de inteligencia. Son hombres que se enfrentan directamente con los asuntos humanos, es decir, con este terreno «donde nada es estable», y donde, para hablar como Aristóteles, «corresponde a los mismos actores el tener en cuenta la oportunidad, como es el caso del arte médico y la navegación». El campo del político y el sofista es, pues, un plano de pensamiento que se sitúa en las antípodas del reivindicado por el filósofo como bien propio desde Parménides: es el plano de la contingencia, la esfera del kairós, ese kairós que no pertenece al orden de la epistéme, sino a la dóxa. Es el mundo de la ambigüedad (1983: 122-123).

Detienne hace un recuento de elementos como kairós y la dóxa que configuran el mundo contingente en el que se desenvuelve la prudencia, elementos que sin duda le dan una razón de ser al hombre de acción. Asimismo vincula a los siete sabios y a los presocráticos con los sofistas, dándole sustento al camino que aquí se eligió recorrer. En este sentido, Alfredo Llanos afirma:

La profundidad de los presocráticos y sus intereses científicos laten vigorosamente en los sofistas y se manifiestan como una cosmovisión corrosiva y desprejuiciada, que considera que la comunidad tiene que ser dinámica y cambiante, que se mueve al compás de acontecimientos menos grandiosos pero que tocan más de cerca al ciudadano y a la vida política (Llanos, 1989: 74 y ss.).

La posición de Jaeger es contraria a la que sostiene entre otros Alfredo Llanos, pero creemos que sirve para amalgamar todo el conocimiento griego que se manifestaba en el pensamiento de los sofistas:

Sin comprensión alguna por esta investigación separada de la vida, se vinculan los sofistas con la tradición educadora de los poetas, con Homero y Hesíodo, Solón y Teognis, Simónides y Píndaro. Sólo es posible comprender claramente su posición histórica si los situamos en el desarrollo de la educación griega, cuya línea determinan aquellos nombres. Ya con Simónides, Teognis y Píndaro entra en la poesía el problema de la posibilidad de enseñar la areté. Hasta ese momento el ideal del hombre había sido simplemente establecido y proclamado. Con ellos se convirtió la poesía en el lugar de una discusión apasionada sobre la educación. Simónides es ya, en el fondo, un sofista típico. Los sofistas dieron el último paso (1974: 271).

Detienne, Llanos y Jaeger hacen de los sofistas una síntesis del conocimiento heleno, los colocan en la geografía del pensamiento griego y les reconocen un distinguido lugar entre los presocráticos y los socráticos. Los sofistas, al igual que los siete sabios, vienen a satisfacer una necesidad social, pero ahora no es apremiante. Los sabios pusieron el andamiaje de una civilización que en la génesis se desmoronaba, los sofistas llegaron en un momento en que esa cultura vivía su esplendor y necesitaba más.

Al respecto Ricardo López Pérez (1997) comenta:

Se termina la era de creer, de aceptar en forma irreflexiva. Retrocede el imperio de la fe y comienza la era de indagar. El pensamiento ahora se lanza a la búsqueda de los principios generales que le permitan juzgar por sí mismo todo aquello que puede tener vigencia y ser admitido como válido. Comienza la empresa de comparar consigo mismo el contenido positivo de las cosas, abandonando de este modo la autoridad de los oráculos, los mitos y las leyendas heroicas transmitidas por los antiguos poetas. Los sofistas remueven una larga y respetable tradición. No sin conflicto, como suele ocurrir con las grandes innovaciones, crean una nueva cultura en donde ya no es el respeto a la autoridad consagrada, sino el pensamiento, el que orienta la vida de los hombres.

En los sofistas vive el conocimiento y la tradición helena, ellos deben cohabitar con su forma de procesar la información, con su peculiar manera de ver el mundo. Sus ojos no miran al cielo, sus miedos no habitan en el Tártaro y no sueñan con la llanura de Mecone; ellos viven en una sociedad imperfecta y mortal que pasa por un momento de esplendor, allí habitan y ahí quieren vivir, en ella actúan y se desarrollan, son maestros de areté política, profesionales de la techné política. Esta estirpe del conocimiento representa un riesgo para el pasado y una promesa para el futuro. Su presencia desprende un fresco olor a irreverencia que seduce y repugna.

Sobre dicho aspecto, Alfredo Llanos comenta que este grupo de intelectuales se caracterizó por realizar una profunda ofensiva iluminista que removió la conciencia pública, provocando cambios verdaderamente revolucionarios en el modo de pensar y en las costumbres de la comunidad. Estos hombres audaces e innovadores incursionaron en temas intocables como la religión, la moral y las costumbres, creando una atmósfera de rencor y odio en torno a ellos, encabezada por los círculos privilegiados de la aristocracia conservadora que veían con disgusto cómo era minado el terreno en el que se asentaban sus prerrogativas por una campaña verdaderamente subversiva (Llanos, 1989: 309 y ss). Desataron la polémica en torno a las opiniones, las creencias, la existencia humana y las relaciones sociales, nada quedó exento de crítica, ninguna autoridad se salvó de ser sometida a las pruebas más duras, Grecia nunca olvidó esta experiencia. Con los sofistas aparece la dialéctica subjetiva que complementa el pensamiento jónico (p. 74 y ss).

Los hombres y los nombres en torno a este movimiento son muchos, pero todas las fuentes coinciden en que el primero de los sofistas es Protágoras. También se sabe que este movimiento nació alrededor de la Olimpiada 80 (mitad del siglo V), pero debido a la embestida de Sócrates, al ataque de Platón y al contraataque de Aristóteles, es posible ubicar con exactitud el punto final de los sofistas.

Sobre la primera generación de sofistas Ricardo López Pérez (1997) nos dice lo siguiente:

Hay bases sólidas para identificar una primera generación de sofistas, distinta a todas las siguientes, compuesta por pensadores pioneros de gran nivel y educadores decididamente innovadores, entre los cuales, pese a sus diferencias, existe un núcleo común. Algo así como un aire familiar, un parentesco espiritual, que les otorga una identidad especifica. Entre este grupo se incluyen los seis pensadores mencionados: Gorgias, Protágoras, Pródico, Hipias, Trasímaco y Antifón.

Estos forjadores del espíritu no fueron una escuela, Protágoras no fundó una Academia ni un Liceo. Los sofistas eran espíritus libres, portadores del individualismo que estaba por llegar. Lo que unía a estos hombres era el afán de enseñar, el ideal de hacer del conocimiento algo más común, de educar para la vida práctica y política de la pólis. Bertrand Russell señala que «un sofista era alguien que se ganaba la vida enseñando a los jóvenes lo que les sería útil para la vida práctica« (2005: 117). Por eso, resulta necesario entrar al estudio de estos hombres, porque dotaron de conocimiento al nuevo hombre ático, lo educaron para la vida útil y práctica. Después de los sofistas los phrónimoi no serán sólo aquellos sabios que escribieron sus palabras en la puerta de los dioses, la sabiduría no sólo estará en la mente de esas genialidades que predecían eclipses y medían pirámides. Ahora, en la pólis gobernada por todos, el conocimiento debía de estar al alcance de todos, debía de ser para todos y tenía que servir a todos. Los sofistas educaban para la vida práctica porque, como Aristóteles, consideraban que «la finalidad no es el conocimiento sino la práctica» (1985: i, 3, 1095a).

Los sofistas no se pueden explicar sin los siete sabios y la travesía que la filosofía emprendió en la escuela de Mileto. Estos hombres de la palabra tensaron el arco de la phrónesis y sembraron su semilla en el fértil campo de la prudencia. La prudencia está presente en el pensamiento, los escritos, las cátedras y los discursos de estos hombres, que la incorporan a su pensamiento. Por eso, la prudencia no sólo está presente, sino que juega un rol primordial en el pensamiento sofístico.

Hay una continuidad evidente, una descarga cultural, una fuerte influencia del pensamiento previo, un hilo conductor que une las ideas en el tiempo y en espacio griego. Pero los presocráticos iniciaron no sólo la investigación y la reflexión sobre la naturaleza, sino que vivieron atentos a las preocupaciones de los ciudadanos y en sus textos hallamos los primeros ecos de la ética posterior y del saber de la prudencia.

Los sofistas, maestros de retórica, pertenecientes al mundo de la sociedad democrática de Atenas, continuaron la labor educadora de los poetas y de los sabios y situaron las reflexiones éticas en el ámbito de la acción del hombre en la pólis. Tal vez con ellos la prudencia se acercó más que nunca al sentido aristotélico de un saber cuyo centro es el hombre, alejado de los dioses y de los mitos, expuesto a la contingencia de la acción y a la necesidad de alcanzar una educación democrática. Con ellos el terreno de la prudencia se enriquece y adquiere un valor de conquista humana que se alcanza con el esfuerzo y la decisión interior. Es indudable que «los sofistas como pioneros, se aventuran en un terreno hasta el momento apenas explorado por la reflexión filosófica: la teoría del Estado, la pólis, las relaciones sociales, junto con todo el universo temático y conceptual que lo rodea» (Solana, 1997: 92-93).

 

*Artículo tomado de mi libro: La Phrónesis en la Política. Orígenes del concepto aristotélico de prudencia.

Bibliografía:

  • Aristóteles (1985) Ética a Nicómaco. Traducción de J. Pallí Bonet. Madrid: Gredos.
  • Blanco Mayor, Carmelo (2003) «La Atenas del siglo V a. C.: los sofistas. Fundación de la democracia y educación». En Revista de la Escuela Universitaria de Magisterio de Albacete, 1.
  • Detienne, Marcel (1983) Los maestros de la verdad en la Grecia arcaica. Madrid: Taurus Ediciones.
  • Jaeger (1974) Paideia: los ideales de la cultura griega. México:: fce.
  • López Pérez, Ricardo (1997) «Los sofistas y el consensualismo. Elementos para discutir sobre el problema de la fundamentación de la ética». En Revista Electrónica de Epistemología de Ciencias Sociales, 1. [en línea, http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=304407].
  • Llanos, Alfredo (1989) Los presocráticos y sus fragmentos. Buenos Aires: Editorial Rescate.
  • Russell, Bertrand (2005) Historia de la filosofía. Madrid: edición cedida por Espasa Calpe.
  • Solana Dueso, José (1997) «Sofistas». En Carlos García Gual, coordinador. Historia de la filosofía antigua. Madrid: Editorial Trota.