PARMÉNIDES

Parménides nació en Elea a mediados del siglo VI a.C. y, según Diógenes Laercio, fue discípulo de Jenófanes de Colofón, y de acuerdo a Teofrasto, discípulo de Anaxímenes. También se dice que tuvo relación con algunos pitagóricos, entre ellos Aminias. Sea cual fuera su maestro, Parménides representa un punto de partida para una nueva manera de filosofar (Kirk, 1987: 346 y ss.).

Sobre la propuesta filosófica de Parménides, Marcel Detienne sostiene lo siguiente:

De antiguo se ha convenido en subrayar el extraño carácter de la puesta en escena de la filosofía parmenídea: un viaje en un carro bajo la guía de las hijas del Sol, una vía reservada al hombre que conoce, un camino que conduce a las puertas del Día y de la Noche, una diosa que revela el verdadero conocimiento y, en resumen, una imaginería mítica y religiosa que contrasta singularmente con un pensamiento filosófico tan abstracto como es el que lleva al Ser en sí (1983: 17-18).

Su propuesta es del todo original y supone el paso de una filosofía que era todavía cosmología, a la consideración metafísica del universo. Parménides permaneció en Elea hasta su muerte ocupándose no sólo de la filosofía, sino también de asuntos políticos (Yarza, 1983: 45).

Allí están las puertas de los senderos de la Noche y del Día, y en torno un dintel de piedra. Ellas mismas, etéreas, están cubiertas por grandes hojas, de las cuales Díke, la de abundantes penas, guarda las llaves de usos alternos; hablándole con dulces palabras, las doncellas la persuadieron sabiamente para que el cerrojo asegurado quitara pronto de las puertas (dk 28 b1, 1-32).

Es preciso destacar la presencia de Díke, que persuadida por las hijas del Sol, abre las puertas del conocimiento a un mortal. Sobresale el poder de la palabra en forma de persuasión, pues la palabra, cuando se usa con sabiduría abre las puertas del conocimiento. Sobre el concepto de verdad y justicia en Parménides, Detienne comenta que «como la Alétheia de Hesíodo, como la Alétheia de Epiménides, la ‹verdad› de Parménides está articulada con Díke, que aquí ya no es solamente el orden del mundo, sino también la corrección, el rigor del pensamiento» (1983: 139-140).

Todo el proemio del poema está lleno de símbolos de la poesía lírica y de las expresiones religiosas de los misterios. Pero hay un detalle destacable: la presencia de la justicia, la Díke, que abre la puerta a quien, como el joven Parménides, no sólo es conducido por el impulso de la yeguas, es decir, su pasión, en la búsqueda de la luz, sino que ha seguido el camino del «derecho (thémis) y de la justicia (díke)».

Por primera vez, la justicia no es sólo una diosa que premia o castiga al abrir o cerrar la puerta que da acceso a la verdad, sino que es la virtud y la excelencia de quien sabe seguir el camino recto que conduce a lo que es, el que sigue el único camino verdadero: pensar. Y este pensar ha de ajustarse a la realidad, ha de ser recto y justo para penetrar en el santuario de la verdad.

En el mismo proemio, antes de que Parménides inaugure la ontología occidental con su afirmación del ser como presente al pensar, encontramos esta metáfora de la vida filosófica como una tarea ética de búsqueda del camino justo y recto que conduce al encuentro de la mejor vida humana, la que está guiada por el pensamiento verdadero de lo que es: «Jamás la fuerza de la fe concederá que de lo que es se genere algo fuera de él, a causa de lo cual ni nacer ni perecer le permite Díke, aflojando la cadena, sino que lo mantiene» (dk 28 b 8, 1-51). En esta tercera aparición de la justicia en el poema, Parménides nos recuerda que todo está sometido a un orden justo, a la necesidad y el rigor lógico de la afirmación de la verdad sobre lo que es y a la imposibilidad de que el ser se suelte de estas cadenas lógicas y se convierta en no ser. El ser que lo ignora o lo olvida es soberbio e imprudente, porque hay fuerzas que están por encima de hombres y dioses, fuerzas que someten incluso al sol. Esas leyes son vigiladas y sancionadas por Díke, la que desconoce la tregua y el olvido, la que tarde o temprano nos lleva ante el tribunal del tiempo en el que todo se paga, como nos advirtió ya Anaximandro y como sabía también el de Éfeso, cuando nos advertía que «el sol no traspasará sus medidas; si no las Erinias, asistentes de Díke, lo descubrirán» (dk 22 b 94).

Parménides nos recuerda el poder de la necesidad que, ligada con el orden y la fuerza de Díke, representan potencias que están por encima del hombre, que nos someten y nos llevan al límite. Estos elementos se codifican con otros como el azar, la fortuna y la contingencia que desbordan continuamente la realidad del hombre; por eso Parménides y los pensadores de su tiempo nos recuerdan incesantemente que el hombre prudente debe conocer, valorar y tener en cuenta estos elementos que siempre están presentes para el que sabe pensar.

 

*Artículo tomado de mi libro: La Phrónesis en la Política. Orígenes del concepto aristotélico de prudencia.

Bibliografía:

  • Detienne, Marcel (1983) Los maestros de la verdad en la Grecia arcaica. Madrid: Taurus Ediciones.
  • Kirk, Geoffrey; John Raven, Malcom Schofield y Jesús García Fernández(1987) Los filósofos presocráticos: historia crítica con selección de textos. Madrid: Gredos.
  • Yarza, Iñaki (1983) Historia de la filosofía antigua. Pamplona: Ediciones Universidad de Navarra.