PROTÁGORAS

Protágoras nació en Abdera. Fue el primero al que se llamó sofista y maestro de virtud. Se dice que era mucho más viejo que Sócrates y que enseñó durante 40 años en todas las ciudades griegas, estuvo varias veces en Atenas de la que se marchó al ser acusado de ateísmo. Murió ahogado en un viaje hacia Sicilia a los 70 años (Abbagnano, 1978: 47 y ss.). Protágoras era llamado «la sabiduría», mantuvo relación con Leucipo y Demócrito, además, era entrañable amigo de Pericles. Sus enseñanzas sobre la vida pública eran ardientemente solicitadas, unos conocimientos que versaban en torno a la oratoria, la pedagogía, la jurisprudencia, la política y la moral (Gomperz, 2000: 471 y ss.).

Sobre las enseñanzas de Protágoras, Martha C. Nussbaum expone:

La finalidad expresa de Protágoras es «hacer de los seres humanos buenos ciudadanos» mediante cierta téchne, enseñando la buena deliberación o prudencia, tanto con respecto a la dirección de la casa como de los asuntos de la ciudad. Hipócrates desea la fama, pero Protágoras le promete que será «mejor» (beltíon). El sofista se precia de «aventajar a todos en hacer hombres de bien», y nunca (como era corriente en la época) de ayudar a la realización de fines separables de los de la comunidad. Caracteriza «la excelencia de un hombre» (ándros aretén) como una mezcla de justicia, moderación y piedad, tres virtudes civiles y dones de Zeus (1995: 153-154).

Protágoras corta el listón del relativismo con una afirmación ampliamente discutida, deformada y reformada que según Winspear (citado en Blanco Mayor, 2003) debe quedar tal como la consignó Sexto Empírico en Adversus Mathematicos (Llanos, 1989: 314): «El hombre es medida de todas las cosas, de las que son como son, y de las que no son como no son».

Protágoras coloca al hombre en el centro de los asuntos del hombre, más allá de los dioses y del universo, el hombre pasa a ser lo más inmediato e importante para el hombre. El hombre es el eje de la prudencia, su razón de ser, su único objetivo es influir positivamente en el mundo de los hombres; por eso, Protágoras representa un momento importante, por recordarle a los hombres que Zeus decidió que se las arreglaran solos lejos del Olimpo, donde la necesidad y el azar apremia su existencia.

Sobre esta controvertida afirmación, Carmelo Blanco Mayor aclara:

La clave de esta tesis, para decirlo con una expresión de Max Scheller, es el puesto del hombre en el cosmos, el puesto que atribuye al hombre respecto a las cosas; tal puesto es decisivo: la medida. El hombre es medida de todas las cosas. Parece una osadía monumental; pero parece también que lo que dice es meridiano (2003: 23, 24, 27).

Blanco añade más adelante que:

todas las fuentes directas están de acuerdo en el significado general del dicho de Protágoras, es decir, que lo que le parece a cada individuo es la única realidad y que, en consecuencia, el mundo real es diferente para cada cual. Y esto es lo más verosímil, porque otros coetáneos suyos dicen cosas parecidas; Anaxágoras dijo a sus alumnos que las cosas serían para ellos tales como ellos suponían que eran (idem).

Por el poder y la ambigüedad de su pensamiento que se manifiesta a través de un puñado de fragmentos, se suele señalar a Protágoras como el iniciador del relativismo y el humanismo griego, pero lo cierto es que su máxima que sin duda coloca al hombre en el centro del universo «el hombre es medida…» tiene antecedentes en el espíritu heleno. Como ejemplo podríamos citar a Cleobulo, quien aconseja al hombre y no a los dioses que «la medida es lo mejor» (Diógenes Laercio, 2007:  I, 93); Tales, por su parte, le aconseja a los griegos y no a las musas que lo mejor es «conócete a ti mismo» (2007: I, 40); Heráclito, por su parte, le advierte a los mortales y no a los gayas que «el carácter es para el hombre su demonio» (DK 22 B 119), también en ese afán de colocar al hombre en el centro señala que «el sol tiene la anchura de un pie de hombre»(DK 22 B 3); Solón que conoce bien la insoportable dualidad de la humanidad que lo emparenta con los titanes aconseja «nada en demasía»(Diógenes Laercio, 2007: I, 63); Bías con su peculiar estilo y con su aguda mirada que penetra en el fondo de la naturaleza humana, señala que «la mayoría son malos» (2007: I, 88), resulta evidente que ese consejo no es para Prometeo; Tales advierte «no creas a cualquiera», consejo que resultaría inútil para la métis del olímpico; Demócrito con su cálido aliento aconseja al hombre y no a Dionisio «Se debe ser bueno, o bien imitar al que lo es» (DK 68 B 39). Sin duda, todas estas frases caen en cascada sobre el manantial de «El hombre es la medida de todas las cosas…» y en consecuencia sobre el humanismo de los sofistas.

Se podría decir que «el hombre es la medida…» es una síntesis de lo que flotaba en el ambiente heleno y que sin duda enriqueció el pensamiento del sofista. Protágoras focaliza aún más al hombre en el centro de su mundo afirmando que: «En cuanto a los dioses no puedo saber si ellos existen o no existen ni la forma que tienen, pues muchos son los factores que me impiden su conocimiento, entre ellos la oscuridad del tema y la brevedad de la vida humana» (Llanos, 1989: 314).

Esta reflexión está en el mismo tono de su pensamiento que insiste en colocar al hombre en el centro. El nacido en Abdera no niega la existencia de los dioses, no es tal su objetivo, lo que busca es enfatizar que el hombre es el deber ser del hombre, hace una invitación a observar y actuar en el mundo bañado por el sol. Protágoras nos revela la única verdad: que somos mortales y breves.

Al respecto, Blanco Mayor expone las siguientes ideas:

Protágoras se limita a proponer una opinión personal. Según el principio del «hombre como medida», habría que decir que los dioses existen para unos y para otros no existen, puesto que hay hombres que creen en los dioses y otros, en cambio, no creen. Sin embargo, para Protágoras, la única salida racional posible es la superación del juicio. Es decir, como advierte Cicerón contra quienes lo acusaron de ateismo, Protágoras se confiesa agnóstico (2003: 28).

Protágoras, en este afán de recordarnos lo fundamental, subraya que: «Nada vale el arte sin la práctica ni ésta sin aquél» (Llanos, 1989: 316). En esta sentencia del pensador humanista, sin duda una alusión a la prudencia del hombre, es un recordatorio de que el mundo está aquí en la tierra donde escasea el pan y abunda la guerra; por eso, el arte, el conocimiento o la sabiduría de poco sirve si no es útil, si no se impacta positivamente en la vida de los que respiramos aire, de los que sucumbimos en el fuego, de los que nos ahogamos en el agua. Protágoras también recuerda que la acción del hombre de poco sirve si es devorada, si no se sustenta en la templanza y la deliberación, si no se apoya en la experiencia y el buen consejo.

No podemos dejar a un lado una interesante reflexión de Martha C. Nussbaum, en la que vincula a Protágoras con el Estagirita:

Aristóteles puede defender una téchne de la razón práctica en el sentido y la medida en que lo hace Protágoras: su sabiduría práctica es, hasta cierto punto, general y enseñable (esto último mediante la educación moral en la infancia y los textos para la reflexión adulta, como la Ética nicomaquea). En cierto modo, este arte extiende nuestro dominio sobre la tyché: Aristóteles nos recuerda que, como sucede con los arqueros, es más difícil dar en el blanco si, utilizando la reflexión, no lo distinguimos con más claridad. Pero advierte contra la tentación de ir demasiado lejos por esa vía, mostrando que todos los intentos de hacer la prudencia más científica y dominadora de lo aconsejable empobrece el universo de la acción. La conmensurabilidad nos priva de la naturaleza diversa de los valores. La preeminencia de lo general nos deja sin el valor ético de la sorpresa, el contexto y la particularidad. Abstraer el intelecto práctico de las pasiones nos sustrae, no sólo su capacidad de motivar e informar, sino también su valor humano intrínseco (1995: 394)

Así une Nussbaum al maestro de la areté política con el fundador del Liceo: ambos creen que hasta cierto punto y con sus límitaciones es posible enseñar al hombre a ser mejor y a actuar positivamente en su comunidad. Protágoras es la síntesis de la sabiduría que no dejaba de mirar al cielo y el prólogo del conocimiento práctico.

 

*Artículo tomado de mi libro: La Phrónesis en la Política. Orígenes del concepto aristotélico de prudencia.

Bibliografía:

  • Abbagnano, Nicola (1978) Historia de la filosofía. Tomo I. Barcelona: Montaner y Simón.
  • Blanco Mayor, Carmelo (2003) «La Atenas del siglo V a. C.: los sofistas. Fundación de la democracia y educación». En Revista de la Escuela Universitaria de Magisterio de Albacete, 1.
  • Diógenes Laercio (2007) Vida de los hombres ilustres. Traducción, introducción y notas por Carlos Garcia Gual. Madrid: Alianza editorial.
  • Gomperz, Theodor (2000) Pensadores griegos. Una historia de la filosofía de la Antigüedad.Tomo I. Barcelona: Editorial Herder.
  • Llanos, Alfredo (1989) Los presocráticos y sus fragmentos. Buenos Aires: Editorial Rescate.
  • Nussbaum, Martha C. (1995) La fragilidad del bien. Fortuna y ética en la tragedia y filosofía griega. Madrid: Editorial Visor.